Por Olympia Villagrán

La novela de Antonie de Saint-Exupéry, “El Principito”, recalca el error humano con el que transformamos el amor en cualquier otra cosa. Mimetizándonos de manera equivocada con nuestra pareja, creemos encontrar la dualidad perfecta al tomar posesión de la persona. En el capítulo “El Principito y la Rosa”, la flor y el protagonista tienen una conversación en la que difieren sobre lo que sienten uno por el otro: amor y cariño, amar y querer. Según el autor, quien proyecta su cosmovisión en los diálogos de ambos personajes, estos dos sentimientos no son lo mismo.

Amar no se trata de buscar en los demás aquello que llena las expectativas personales que nuestro afecto demanda, menos de obligar a lo que no es nuestro a que lo sea. No somos dueños de lo que deseamos ni nos hace falta para completarnos. Ya por el efecto de nacer, somos seres completos que inventamos carencias para justificar nuestros apegos, esos que fundamentamos en nuestras necesidades, las cuales, si en determinado caso no son cubiertas de manera recíproca, traen sufrimiento, frustración y decepción. Estas tres últimas palabras son derivadas de las expectativas que no se cumplieron cuando la otra persona, a la que esperamos tener, decide actuar de acuerdo a otras motivaciones que no se relacionan con las propias.

Toda cabeza es un mundo y dentro de cada mundo existen distintos caminos que llevan a cada uno a la felicidad, pues todos somos diferentes, nuestra autenticidad nos da la capacidad de amar al otro y desear que sea feliz aún cuando esas diferencias nos individualizan. Amar no es un sentimiento interesado, por lo tanto es imposible que el amor sea sufrido, el amor real no pide nada a cambio, es meramente una fuente de placer, de un placer puro y simple que implica saltar al vacío confiando en el alma del otro.

Es por todo lo anterior que nuestros ojos nos han engañado, creyendo que ciertas pinturas han retratado el mismísimo halo que rodea al amor, cuando la verdad surge de la oposición a ese sentimiento. Pues tal cual el Principito le explica a la rosa, amar no es poseer, reprimir, lastimar ni limitar, amar es ser libre con otro ser libre, que sólo se conoce y se ama por lo mismo.

“La novia del viento” – Oskar Kokoschka

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Lejos de un apasionado romance, lo que estos dos amantes representan, es la tragedia de un amor que se desvaneció con el viento, Kokoschka pinta a una pareja que yace después de lo único que momentáneamente los unió, el sexo, lo cual no es para nada un sinónimo de amor. Por el contrario, sus rostros demuestran angustia al saber que su romance fue barrido junto con la tempestad.

Es por eso que el artista jamás entrecruza las miradas de los que aún parecen estar juntos físicamente, mas no unidos por un sentimiento real.


“Susana y los Viejos” – El Tintoretto

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Siendo uno de los cuadros más conocidos del pintor italiano, Susana es una obra que representa la versión griega del “Libro de Daniel”, en el que una bella y temerosa mujer es espiada por dos viejos, quienes la obligan a tener relaciones sexuales amenazándola con divulgar que se ha quedado sin sus doncellas para estar con un joven con quien engaña a su esposo Joaquín. La acorralan bajo la promesa de contarle a todos esa mentira si no acepta que los dos hombres abusen de ella.

A simple vista, Susana y los viejos pareciera un cuadro de paz en el que mientras ella se refleja en el espejo, el hombre escondido detrás la observa con admiración, sin duda una idea más surgida del poético amor.


“Leda y el Cisne” – Miguel Ángel

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Los cisnes son considerados animales hermosos y elegantes; en el cuadro de “Leda y el Cisne” vemos a esta figura acompañada por una mujer desnuda, con la que parece tener algún encuentro íntimo y bello.

La verdadera leyenda que inspiró a esta pintura se basa en el día en que Zeus descendió del Olimpo en forma de cisne para encontrarse con Leda mientras la doncella caminaba junto al río Eurotas. La capacidad de transformarse en cualquier animal le daba a Zeus el poder de seducir a toda mujer que deseara, a quienes primero engañaba en un juego de caricias para después dominarlas y violarlas. Esto mismo hizo con Leda, a quien embarazó de cuatro hijos que la doncella tuvo que engendrar poniendo dos huevos.


“El Columpio” – Jean Honoré Fregonard

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Aunque las flores, colores y expresiones del cuadro nos refieran a un paisaje sumamente romántico en el que la bella dama salió a pasear con el hombre a quien le pertenece su corazón, “El Columpio” es más bien una alegoría decadente del romanticismo.

La mujer que ve con optimismo al joven recostado sobre las flores, es la pícara esposa del hombre que jala el columpio hacia él; lo único que se plasma en la pintura de Fragonard es el adulterio, el pecado y el mundo aristócrata en el que todo giraba alrededor de un interés casi siempre económico, todo, hasta el amor.


“Salomé” – Lévy Dhurmer

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Lo que parece el vivo retrato de un pueril beso de amor, se trata en realidad del beso morboso que Salomé le da a la cabeza del decapitado Juan el Bautista, a quien ella misma mandó ejecutar a causa de una promesa que Herodes Antipas le había hecho sobre regalarle el día de su cumpleaños lo que ella deseara.

Al llegar el día, Salomé le pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja de plata, tal cual aparece en el cuadro de Dhurmer.


“El beso” – Gustav Klimt

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Aunque esta onírica concepción del amor siempre nos lleve a percibir a dos seres que parecen compenetrados como una prueba más del amor, Klimt más bien se refería a una triste despedida entre Dafne y Apolo que se lleva acabo justo antes de que ella se convierta en laurel.

El proceso de metamorfosis que la amada de Apolo está por sufrir, lo lleva a tomarla entre sus manos para impedir que la tierra se la arrebate. Dafne, más que enamorada, derrotada, se arrodilla para entregarse a la que ahora será su hogar, la tierra. Es por eso que en el cuadro, de manera muy orgánica, vemos cómo sobre sus pies aparecen algunas raíces que emergen desde los suelos.


Si tú también pensabas, erroneamente, que estas pinturas englobaban todo lo referente al amor, ahora ya sabes que más bien se trata de un querer: querer poseer un cuerpo, venganza, abusar de la debilidad de otros, detener lo que ya no es para uno.

Por lo tanto, como El Principito se lo explicaba a aquella flor, el amor no agota al amor, lo aumenta, y la única manera de lograrlo es abriendo el corazón para dejarse amar y hacerlo de la misma manera.

Fuente: Cultura Colectiva

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