¿Qué haría sin mis padres, sin mis hermanos? Aún no puedo emprender este camino sola, los necesito, los necesito demasiado.

Por Carolina Sánchez

Desde muy pequeña he tenido una concepción muy clara de la vida y la muerte. Recuerdo pasar noches enteras llorando intentado idear un plan infalible para engañar a la muerte, pero la realidad me daba un golpe seco. Cuando veía películas de terror solía meterme a la cama y empezar a ver a todos lados en busca de demonios ocultos o duendes, sin embargo cerraba los ojos y me repetía “no tienes por qué asustarte, nada de eso existe” y de algún modo, que no lo puedo explicar, simplemente me tranquilizaba y lograba dormirme.

Pero eso no pasaba una vez que pensaba en la vida y la muerte, sabía que la vida se nos va tan rápido de las manos, que no se sabe qué ocurrirá al minuto siguiente, que un hasta pronto puede ser un adiós definitivo, porque la muerte es algo que no está bajo nuestro control. 

Muchas madrugadas me atormentaba bajo la idea de que envejecería y que en un momento o el otro mis padres dejarían de estar conmigo, ya no tendría esos abrazos cálidos en la mañana, esas discusiones sin sentido, esos te quiero que salen tan naturales pero que se los dice con toda el alma. Ya no tendría a quien acudir cuando esté en problemas, ya no tendría esa mano amiga que me soporte cuando nadie más lo hacía, ya no tendría a esa persona que me ame como a nadie y a cuyos ojos yo sea el regalo más grande de su vida.

La muerte era inevitable y eso me aterraba. 

Curiosamente mi propia partida de este mundo no era lo que me quitaba el sueño, sino el conocimiento de que todo lo que amo, todos a los que amo un día y sólo Dios sabe cuándo, ya no estarían más conmigo.

No me considero una gran devota de Dios, de la virgen, ni de santos, eso es algo que simplemente nunca me ha nacido por completo, siento un respeto inigualable sin embargo no aprecio las pequeñas cosas como presentarse a un templo o iglesia cada domingo. Pero aunque mi renuencia siempre está presente puedo decir sin rodeos, que no hay noche que no cierre mis ojos y agradezca, agradezca infinitamente por este pequeño pedazo de cielo que me es otorgado cada mañana que Dios me permite estar con mis padres y mis hermanos, poder escuchar sus risas y sentir su alegría, agradezco cada muestra de vida, sus gritos, sus enojos, sus reclamos, saboreo cada instante, porque sé que nada es eterno. Y pido, ruego, porque aún todo se conserve igual, que la salud de mis padres siga siendo la misma que no tengan que sufrir, repito una y otra vez “No te me los lleves aún” y aunque suene un poco egoísta también repito “aún no puedo emprender este camino sola, los necesito, los necesito demasiado”.

Algo que tengo claro, es que Dios nunca da desafíos más grandes que lo que podamos enfrentar y muchas veces me he sentido muy débil para poder encarar un desafió tal como la pérdida de un ser querido. 

A medida que fui creciendo esas noches en que mi mente me taladraba con la inminencia de la muerte, una voz empezó a aparecer en mi cabeza, una voz que había omitido muchos años atrás, esa voz que me calmaba y me decía que tengo unos hermanos hermosos que me aman infinitamente, que no estaría sola, que un buen hombre sería mi compañero de camino, que sólo tenía que ser paciente, que el dolor por la pérdida de un padre, aunque sea el más temible y fuerte para mí, no lo enfrentaría sola, porque tendría a personas valiosas con un amor verdadero que me protegerían y haría que mi pena sea soportable.

Sólo sé, que no hay mañana que no me despida de mis seres queridos sin decirles un te quiero, sólo sé que no quiero vivir esta vida como si no deseara vivirla, quiero disfrutar cada momento, cometer mil errores y aprender de ellos. Quiero amar locamente y ser ese alguien que valga la pena ser amado.

Fuente: Upsocl

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