Hace poco, en medio de una de las tantas turbulencias financieras por las que ha atravesado nuestro país, cierta empresa utilizó información privilegiada para proteger su capital económico. La estrategia de esta importante empresa consistió en sacar del país, una parte importante de sus fondos en dólares, lo cual dañó palpablemente las finanzas nacionales. Una vez enterados del asunto, quienes llamaron a cuentas a los líderes de esta compañía obtuvieron la respuesta de su abogado, quien confiadamente declaró ante los medios: “lo que mis representados hicieron pudo haber sido inmoral, pero no ilegal”.

Vez tras vez me he preguntado qué clase de comportamiento y de actitudes puede provocar semejante forma de pensar. ¿Imagina usted a qué grado podría llegar un estudiante que hostiga a sus compañeros apelando a esa misma justificación? ¿Cree usted que estaría a salvo en un lugar de trabajo, en donde esa fuera la premisa de comportamiento? Sin embargo, dividir la moralidad de la legalidad, aunque pudiera ser algo común (y, para algunos, hasta conveniente), no es compatible con el estilo de vida de una persona, cuya vida se rige por los valores y los principios.

Dado que los valores debieran fomentar la supervivencia y mejoría de los seres humanos, quien elige practicarlos debiera procurar que estos correspondan precisamente con la valía de toda persona. En consecuencia, la práctica de un valor debiera hacernos aún más humanos. Así, mientras que alguien que se rige por el egoísmo, tarde o temprano, llegará a olvidarse de las exigencias de justicia y respeto requeridas al convivir con otras personas, quien elija la generosidad como su valor guiador, manifestará un espíritu totalmente distinto. Algo que, además de distinguirlo por un espíritu de servicio y dedicación a causas altruistas, estimulará también su crecimiento personal y moral.

En lo que respecta a los principios, creo que por el momento es suficiente decir que son aquellos juicios prácticos que se derivan de la aceptación de un valor. De ahí que, por ejemplo, el principio derivado del valor de cualquier persona, el valor implícito en la dignidad que todo ser humano merece, sea el principio del respeto. Siendo que las leyes debieran proteger este y otros principios similares, separar la legalidad de la moralidad pareciera no tener mucho sentido.

Le invito a seguir actuando no solo legal, sino también moralmente con el fin de lograr una sana convivencia.

Por lo tanto, pese a que probablemente no sea lo más común, ni tampoco lo más popular en las sociedades actuales, le invito a seguir actuando no solo legal, sino también moralmente con el fin de lograr una sana convivencia y además, impulsar la mejoría del género humano. Pocas aspiraciones en la vida podrían ser más nobles que esta, ¿qué le parece?

Alejo Aguilar Gómez

Universidad de Navojoa, Sonora

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